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DAVID LLORENTE

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ROBERTO CHARTAM

Artista, docente e investigador, especializado en la intersección entre escultura, arte digital e inteligencia artificial.A lo largo de su trayectoria ha participado en proyectos expositivos individuales y colectivos en colaboración con universidades, museos y centros culturales, y ha sido reconocido con premios como el Premio Caja Madrid al Talento Joven del Salón de Otoño, además de ser finalista en el Premio de Escultura Reina Sofía.

Para White Lab, David presenta "Co-Creaciones", un conjunto de obras pictóricas y escultóricas, algunas de las piezas parten de imágenes generadas mediante algoritmos de inteligencia artificial y que posteriormente son reinterpretadas por el propio artista. La tecnología actúa aquí como un primer impulso visual y estructural, mientras que la intervención humana introduce decisión, selección, error y sensibilidad.

Las obras que vemos en sala se sitúan en un territorio intermedio, donde la geometría, el código y la materia dialogan con la intuición y la experiencia artística. Lejos de plantear la inteligencia artificial como un sustituto del creador, David la entiende como un interlocutor, un sistema con el que pensar y cuestionar conceptos como la autoría, la originalidad y la condición de la imagen en la era digital.

Roberto es licenciado en Bellas Artes por la Universidad de Salamanca y la Nuova Accademia di Belle Arti de Milán.A lo largo de los últimos años ha presentado exposiciones individuales en centros como el CEART de Fuenlabrada, la Fundación Tatiana Pérez de Guzmán el Bueno o el Centro Norte de la Universidad de Móstoles, además de participar en exposiciones colectivas en espacios la Fundación Menéndez Pidal o el Centro Dados Negros.

En la sala Stage de White Lab, Roberto plantea "Volumen - Lumen", una vuelta de tuerca a este planteamiento no solo relacionando la obra con el espacio en el que se encuentra sino con el lugar físico del planeta en el que ese espacio está situado. La latitud de Madrid, 40’46º norte, determina la inclinación de los rectángulos áureos que conforman la instalación. Cada uno de estos rectángulos está visualmente dividido en dos partes por un elemento arquitectónico preexistente de la sala, como una columna, el techo o una esquina. Todos los rectángulos son iguales; lo que los diferencia es precisamente ese elemento que los atraviesa.

 

Esta decisión introduce una pregunta abierta al espectador: si un elemento arquitectónico que ya estaba allí antes del montaje y seguirá después de la clausura divide la obra en el punto elegido por el artista, ¿forma parte o no de la obra?

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